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14.04.2018
La crisis de la curia chilena

El nuncio y el arzobispo de Santiago en el blanco de la purga que prepara el Papa

Es por los escándalos sexuales del cura Karadima y el obispo Juan Barros que lo encubrió. El episcopado chileno, en la mira


El centro de gravedad del histórico escándalo de la Iglesia en Chile, que embiste en pleno al Papa Francisco, se va trasladando de Santiago al Vaticano, y culminará en la tercera semana de mayo cuando, por primera vez que se recuerde en el catolicismo moderno, todos los obispos de una conferencia episcopal (34 en el caso chileno) deberán comparecer en Roma, convocados por el pontífice argentino.

Al menos seis obispos, y probablemente más, serán cambiados. Al cardenal Riccardo Ezzati, arzobispo de Santiago, se le aceptará de una buena vez la renuncia “por límites de edad”, para quitarlo sin deber acusarlo de ser uno de los responsables del desastre. Será llamado a Roma el embajador del Papa en Chile, el nuncio apostólico Ivo Scapolo, otro acusado.

Y Jorge Bergoglio no podrá eludir un paso más que para él es un trago amargo: aceptar la dimisión como miembro del Grupo de nueve cardenales que le ayudan en la reforma de la Curia y de la entera Iglesia, el G9, del cardenal emérito de Santiago, su amigo Francisco Errázuriz, de 84 años, también responsable aunque niega sus culpas.

En torno a estos personajes se multiplican las polémicas. Errázuriz defiende su inocencia cuando para la mayoría es uno de los principales culpables de haber defendido la inocencia del obispo Juan Barros, uno de los más íntimos colaboradores del Gran Satán de esta historia, el padre Fernando Karadima, acusado por un grupo de víctimas que eran jóvenes de las clases altas chilenas, de haberles cometido toda clase abusos sexuales. Errázuriz llamó “santo” alguna vez a Karadima, que al final fue condenado por el Vaticano (nunca en Chile) al retiro silencioso y penitencial.

Resulta urgente, imprescindible, lo que el Papa le anunciará a los obispos chilenos en la tercera semana de mayo, o sea una reforma en profundidad de la inmóvil, conservadora Iglesia trasandina, que ha perdido millones de fieles, prestigio y solidez en el tejido de la sociedad chilena, en un rápido proceso de deterioro que culmina en el archiescándalo de los abusos sexuales y de la cobertura de los culpables.

¿Y el Papa?

Jorge Bergoglio casi descendió a los infiernos de sus propios errores durante el viaje en enero último a Chile, que fue la peor gira apostólica de los cinco años de su pontificado, marcado a fuego por su militante defensa del obispo Juan Barros de la diócesis sureña de Osorno, . La historia comenzó en enero de 2015, cuando Francisco eligió al obispo castrense Juan Barros como obispo de Osorno.

El nombramiento causó una enorme reacción entre la misma comunidad católica de Osorno y las víctimas de los abusos sexuales del padre Karadima en la parroquia del Bosque de Santiago, frecuentado por las clases altas. Karadima mantenía fluídas relaciones con la dictadura del general Pinochet. Barros era su estrecho colaborador, denunciado por haber presenciado los abusos y negar después haber visto nada.

En la carta a los obispos chilenos que destapó la caja de Pandora de la crisis de la Iglesia, el Papa reconoció que había cometido errores graves, sobre todo por la falta de una información verdadera y completa. “Muchas vida han sido crucificadas por los abusos”, reconoció. Reclamo una convicción común de que la grave crisis brinda una oportunidad única “para restablecer la confianza en la Iglesia”, una confianza violada “por nuestros errores y pecados”. Bergoglio dijo que ese era el camino para “curar las heridas que no dejan de sangrar en toda la Iglesia y en la sociedad chilena”.

Para muchos es extraño que el Papa se haya embalado tanto en la defensa de Barros y el ataque a sus críticos. Especialmente a los principales protagonistas del movimiento de las víctimas: Juan Carlos Cruz James Hamilton y Juan Andrés Murillo, a quienes en un acto de humildad y contricción recibirá a fines de abril en el Vaticano.

Es evidente que Francisco está arrepentidísimo de haber participado en la campaña militante que acusaba prácticamente de complot a las víctimas de los abusos sexuales de Karadima y los curas que lo acompañaban (tres de ellos son hoy obispos). Nunca mantuvo contacto con ellos y cuando viajó a Chile en enero tampoco los escuchó.

En octubre de 2015, un legendario video lo escrachó cuando en una audiencia general en plaza San Pedro al Vaticano, dialogando con fieles de Osorno, dijo que eran “los zurdos” los principales responsables de las acusaciones calumniosas contra Barros. “Los zurdos” es una expresión que denuncia la matriz conservadora de los ataques a las víctimas de los abusos sexuales y que fue la única vez que pronunció Francisco, al menos en público.

Los dos cardenales que ahora están en la picota siguen negando haber aconsejado mal al Papa. Tanto el arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzatti, como el cardenal Errázuriz, sostienen que el pontífice argentino utilizaba otras vías para informarse. En primer lugar el nuncio apostólico Ivo Scapolo, gran candidato a chivo emisario principal, que efectivamente defendió la línea negra de la cobertura y el ataque a las víctimas.

Los hechos condenan a los tres. Ayer, en el sitio on line “Il Sismógrafo”, que editan periodistas de la radio Vaticana, el chileno Luis Badilla escribió que “las cosas que dice en su defensa el cardenal Errázuriz no cuadran con la verdad histórica”. Badilla publica incluso una lista de correos electrónicos entre el purpurado miembro del Grupo de los Nueve y el arzobispo de Santiago, cardenal Ezzatti, que muestran como participaban ambos activamente en la tarea de impedir la acción, por ejemplo, de la vítima Juan Carlos Cruz, quién recibía apoyo en la Pontificia Comisión de Defensa de los Menores, formada por voluntad del Papa, y que preside el arzobispo de Boston, cardenal Sean O’Malley.

Aquí aparece en esta historia un personaje clave. O’Malley es un franciscano que ha acumulado un prestigio extraordinario desde que sustituyó al cardenal Bernard Law al frente de la arquidiósesis de Boston. Law fue el gran protector de pedófilos que terminó prácticamente huyendo al Vaticano para ampararse en la impunidad de su pasaporte diplomático y no ir preso en EEUU.

Francisco nombró a O’Malley al frente de la comisión. Cuado el Papa cometió el error fatal de contestar impaciente a un periodista, momentos antes de emprender viaje a Perú, que en el caso del obispo Barros no había pruebas sino calumnias (“traiganme una prueba”), recibió de inmediato el reproche de su amigo O’Malley que lo esperaba en Perú, segunda etapa de su gira latinoamericana. O’Malley había recibido hace tiempo una carta de la víctima Juan Carlos Cruz, que entregó al Papa. No se sabe si Francisco la leyó, pero he ahí una prueba, la pistola humeante.

La intervención del cardenal norteamericano fue traumática pero iluminante. La “conversión” de Bergoglio a la búsqueda de la verdad llegó a bordo del avion que lo devolvía a Roma tras el viaje por Chile y Perú. Allí pidio perdón ante los periodistas por haber pedido “pruebas” a las víctimas y no “evidencias”.

Algún día tal vez se conocerá el contenido del dialogo a solas entre O’Malley y Bergoglio en Perú que frenó el camino al desastre para el propio Papa. Cuando llegó a Roma, Francisco anunció que convocaba al mayor experto en casos de abusos sexuales de la Iglesia, el obispo de Malta Charles Scicluna, para que viajara a Chile y recogiera testimonios de las victimas de Fernando Karadima y de otros casos graves, como los abusos sexuales en las escuelas de los Hermanos Maristas.

Como era de esperar, las conclusione de monseñor Cicluna fueron devastadoras. Consignó al Papa un informe de 2300 páginas con 66 entrevistas a las víctimas y a personajes de la Iglesia involucrados.

Jorge Bergoglio leyó todo y después escribió la carta a los obispos chilenos convocándolos en el Vaticano para la tercera semana de mayo, convencido que es impostergable una reforma a fondo de la Iglesia local que incluye una amplia renovación entre los 34 episcopales. También invitó a las víctimas para fines de abril.

Es probable que el desprestigio que ha causado a la Iglesia y a él mismo el caso chileno, haya decidido al Papa argentino a medidas más transparentes, eficaces, sólidas, contra los abusos sexuales en la Iglesia, otorgando nuevos estímulos a la Pontificia Comisión que preside el cardenal O’Malley y abriéndole paso en la selva burocrática de la Curia Romana, que ha saboteado varias veces al purpurado norteamericano y su comisión.

Los grupos más conservadores y tradicionalistas que se agitan en la conspiración y en las críticas abiertas al Papa Francisco buscarán aprovechar el caso chileno, aunque de ese lado eran los protagonistas de los abusos y la decadencia de la Iglesia local. Por el lado de Jorge Bergoglio, la amarga experiencia de la que le costará salir con varios magullones a su prestigio, le servirá también de lección en este comienzo del sexto año de un pontificado que va entrando lentament en su última fase.

Fuente: Agencias



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