29.01.2020
En Mar del Plata

La policía hace “barridas playeras” para prevenir desmanes después del boliche

El asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell hizo que se extremaran los controles en las noches de Playa Grande.


El frío y el viento se hacen sentir a medida que la costa está más cerca. Es fines de enero, pero parece una madrugada otoñal en la que la marcha y el reggaeton que se escuchan de fondo eclipsan el rugido de las olas furiosas. Clarín llegó unos minutos antes de las cinco al complejo La Normandina, en Playa Grande, epicentro de los boliches marplatenses más concurridos y donde se han desencadenado más disturbios desde que empezó el año.

El brazo de la Avenida Peralta Ramos, que se llama Victoria Ocampo, y desciende hacia lo que sería el ingreso a la playa llama la atención no sólo por los treinta taxis que esperan pacientemente al pasajero (se han visto en varios casos hasta cinco por auto), sino también por el operativo policial diseminado por distintos puntos estratégicos que convergen en Ananá, Mr. Jones, Swan, Bruto, Santa y Quba, las discos de moda, que pueden juntar hasta ocho mil personas por noche.

Lentamente los jóvenes empiezan a salir en cuentagotas de los distintos centros bailables. Parece un ambiente tranquilo para las distintas fuerzas de seguridad repartidas en escalinatas, explanadas, ingresos al parking y en la arena. Lentamente el cielo comienza a clarear pero el frío no amaina.

Se pueden advertir los distintos uniformes que invitan a consultar: está la Policía de Seguridad, la Infantería, la Unidad Táctica de Operaciones Inmediatas (UTOI) y la Patrulla Táctica Móvil (PATAMO), que se traslada en motos bitripuladas. "Por más que esté tranquilo, nunca hay que subestimar las apariencias, son tiempos en los que hay que estar más atentos que nunca", comparte Darío Méndez, responsable de la PATAMO.

Desde afuera el operativo parece una exageración. Pero el asesinato de Fernando Báez Sosa, en Villa Gesell, caló hondo, alteró y obligó a reforzar el tablero de seguridad en torno a la fórmula más explosiva: boliches + jóvenes + alcohol.

Motos bitripuladas. "La mayoría de la muchachada entiende cómo son las reglas del juego y que la presencia policial no resulta una provocación", dice uno de los uniformados, Foto: Nicolás Torrente

"Nuestra presencia disuade, previene y si querés, por cómo estamos algunos de nosotros, puede intimidar", entiende el teniente Méndez, haciendo foco en el personal de la Unidad Táctica de Operaciones Inmediatas, cuyo uniforme parece de guerra.

AAEl sol cobra altura pasaditas las seis de la mañana. Algunos aventuran que la temperatura es menor a los 10 grados, desconcertantes si se trata de describir las porciones de tela cada vez más minúsculas en los looks femeninos. La mayoría de la muchachada entiende cómo son hoy las reglas del juego y que la presencia policial no resulta una provocación.

"Yo le mandé fotos a mi vieja de la seguridad que hay y de alguna manera se quedó tranquila", cuenta Aylén (19). Pero a su lado Tone (20) cree que es una exageración. "¿Es para tanto? Parece que van a la guerra", comenta mirando los uniformes. Para Dylan (21), junto a ellas, es contradictorio. "Está bien que estén pero a veces la provocación llega de parte de ellos. Y uno, con unas cervecitas de más, puede tomarlo a mal". 

Los oficiales Marcos Rivero y Julián Defeis llevan varias semanas  "barriendo" la zona de Playa Grande y adyacencias y confiesan estar sorprendidos por la cantidad de alcohol que se consume. "Los pone tan agresivos que ni ellos mismos deben reconocerse. Es difícil entender por qué necesitan ingerir de esta manera", desliza Rivero.

"Entran siendo angelitos y salen como demonios", ilustra Defeis, que hace saber que su labor empieza cerca de las once de la noche, por las calles cercanas a la "limítrofe" Peralta Ramos. "Vamos patrullando controlando que no se tome alcohol en la vía pública ni que se dejen botellas tiradas, que pueden resultar peligrosas a posteriori".

Un grupo de seis chicos de no más de 25 años abandona Mr. Jones de manera ruidosa y desprolija. Lo escolta un grupo de la policía de seguridad, que controla que no rumbeen para el lado de la playa. Visiblemente ebrios, dos de ellos especialmente, son rehenes de una verborragia agresiva. A ellos los acompañan dos de la PATAMO, otros dos de la UTOI, que les indica el camino de la salida... pero se caldea el clima, crece el altercado.

"Vení, vení, vení vos solo, vengan de a uno", grita desaforado uno de los chicos. Los agentes observan, clavan la mirada sin decir ni hacer, mientras del otro lado uno solo es quien camorrea. Un amigo trata de sacarlo, hasta que el resto lo retira a los empujones. "No contestamos insultos, entendemos que es parte de lo que produce estar horas tomando alcohol", expone razonablemente el teniente. 

Si bien el crimen de Báez Sosa marcará un punto de inflexión en los controles de seguridad en la costa, la orden de Sergio Berni, el Ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, es que no vuelvan a repetirse hechos de violencia como aquella brutal agresión de un patovica AAa principios d año contra un cliente, lo que impulsó a cerrar por 72 horas el boliche Ananá, donde trabajaba el agresor. O la batalla campal de mediados de mes, a la salida de La Normandina, de las mismas proporciones de la luctuosa ocurrida en la gesellina Le Brique.

Casi las 6.20 y la desconcentración es más numerosa. De repente, sin que nada lo advirtiera, otro joven provoca a un taxista que no lo dejó subir, agrede con una patada a un policía que cae al piso, salta una pendiente y sale disparado por una playa de estacionamiento en dirección al mar. Detrás lo persiguen cuatro uniformados. Casi que no tiene escapatoria. Cinco minutos después lo traen entre cuatro. Y lo introducen a un patrullero.

Como si estuviese preparado para las cámaras de este medio, aquel desmán produce un efecto contagio y otro veinteañero cual lobo solitario prepotea a un grupo de agentes y su actitud excede los límites. Expeditivos, los policías lo reducen con oficio, aunque también con mucho trabajo.

El jefe del operativo, que prefiere no dar su nombre, asegura que "en las últimas dos semanas, con mucha más gente, no había habido ningún inconveniente. Estos son los primeros de la quincena", a los que califica como "casos menores". Y agrega: "¿Sabés algo? Nunca tuvimos ninguna pelea con los que fuman porro, todas las grescas tienen que ver por el consumo de alcohol, que los transforma".  

Será muy paulatino el cambio de cultura que se pretende, como señaló semanas atrás a este diario Darío Oroquieta, secretario de Seguridad del partido de General Pueyrredón. "Buscamos terminar con que el disfrute de unos invada la tranquilidad de otros. Por eso es necesario poner un límite a través del orden. ¿El objetivo? Que el alcohol no sea la opción para pasarla bien".

El 10 de enero comenzaba un operativo de requisa también en Playa Grande, que hasta entonces estaba convertida en un boliche a cielo abierto entre las 15 y las 21, lo que alejaba cualquier intención de una familia de instalarse allí. Unas 70 personas de la Inspección General del municipio, Policía de la Provincia, Infantería, Tránsito y Defensa Civil empezaron a controlar con fruición el ingreso de bebidas alcohólicas para desactivar la bomba de tiempo que, como graficaron tres avezados guardavidas, amenzaba con explotar en cualquier momento.

Tanto el operativo diurno como el nocturno se mantienen rigurosos, a pesar de que no se cumplirá el pedido de Berni cuando presentó el Operativo Sol antes de fin de año. "Queremos que la misma cantidad de los que vinieron a veranear sea la misma cantidad de los que vuelven a sus casas". 

Las 6.30 clavadas marca el horario límite de los espacios bailables, que cierran sus puertas, produciendo el movimiento humano más intenso. Sin desmesura, con una voz de mando que ordena a los uniformados, se produce el éxodo en medio de un clima afable. La Fuerza, en sus distintas versiones, realiza el "barrido" acompañando a la gente hacia el Paseo Victoria Ocampo, que retorna a la Peralta Ramos.

La multitud, casi siempre, tiene paradas obligadas posteriores al boliche: un stand de hamburguesas veggie pegadito a las escalinatas de la entrada-salida, McDonald's, a cinco minutos a pie, o Manolo, todavía un poco más allá. "No nos desentendemos, sino que vamos escoltando por un corredor seguro, haciendo presencia, para que sepan que estamos. Una vez que advertimos que el ambiente está aplacado, nosotros también deshacemos filas", se despide el teniente Méndez.

Fuente: Clarin



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